martes, 14 de abril de 2026

EL BLOQUEO DEL MIEDO

 La primera amenaza que Irán lanzó cuando sentía la proximidad de los ataques fue cerrar el Estrecho de Ormuz. Los iraníes llevan años preparados para un ataque de EEUU. El poder militar de EEUU sumado al de Israel es muy superior al del país de los ayatolás, pero eso no significa que Irán no pueda ganar la guerra. Menos capacidad tenían los talibanes y consiguieron que la OTAN se marchara y recuperar el poder. Los objetivos militares no sirven de nada si con ellos no se logran objetivos políticos, que es la última finalidad de cualquier guerra. Irán conoce sus opciones: no puede atacar los EEUU, sus ataques sobre Israel tienen poco éxito y su capacidad industrial es muy inferior a la de sus enemigos. Sin embargo, Irán puede extender la guerra a otros Estados, otros que sí tienen mucho que perder y que al final influyen negativamente en la posición global de EEUU y en el apoyo a la guerra en su propia opinión pública. Por eso desde el primer día Irán atacó a los demás Estados del Golfo, a Bahrein, EAU, Kuwait, Arabia Saudita, Irak incluso a Omán, Turquía o Azerbaiyán.  Estos ataques crean un estado de ansiedad entre las poblaciones vecinas y afectan gravemente a su economía, pero el cierre del Estrecho de Ormuz afecta además a todo el Planeta. La mayor parte del petróleo mundial pasa por allí y cerrar el paso implica que los precios de la energía se dispararan impactando gravemente a la economía mundial. Una acción que sí puede dañar la posición de EEUU. Así que evitar el bloqueo del Estrecho debería haber sido una prioridad para los atacantes.

 El bloqueo naval es una acción militar permitida en guerra en ciertas condiciones. La legalidad de estas acciones se regula por el Manual de San Remo de 1994, un documento de derecho internacional admitido como norma consuetudinaria. Establece que el bloqueo es un método legítimo, pero exige reglas estrictas: debe ser declarado, efectivo, imparcial y no bloquear suministros humanitarios esenciales. El problema del cierre del Estrecho de Ormuaz es que no es, en puridad, un bloqueo.

El bloqueo tiene como finalidad controlar el acceso por mar de suministros a un Estado beligerante por parte de otro al que está enfrentado. Este bloqueo no puede afectar a bienes que supongan daños desproporcionados a la población civil, sino a bienes y suministros de interés militar. Pero en Ormuz hay varios obstáculos a la legalidad de la acción:

-          El primero es que el Estrecho no afecta a los Estados beligerantes sino a todos los Estados del Golfo que son neutrales en el conflicto y a todos los que importan bienes de ellos.

-          El segundo es que Ormuz es un estrecho internacional donde rige el derecho de tránsito a la navegación de cualquier Estado, de acuerdo con la Convención de Derechos del Mar de Jamaica de 1982. El problema es que Irán no es firmante del tratado y reivindica el estrecho como suyo, a pesar de que la orilla Sur es territorio soberano de Omán.

-          El tercero es que el cierre del Estrecho no es un bloqueo, no existe un control efectivo, solo una amenaza sobre los buques que lo crucen.

Me voy a centrar ahora en el tercer punto. Irán ha logrado que, pese a la destrucción casi completa de su fuerza naval, casi ningún buque mercante se atreva a cruzar el Estrecho. Irán no controla las cargas que entran o salen ni el tipo de bienes que portan (salvo petróleo o gas), pero basta lanzar algún ataque con drones sobre un buque desprotegido, para que casi ninguno se atreva a pasar. Irán no controla el acceso, simplemente disuade su tránsito mediante el miedo. El Estrecho de Ormuz es suficientemente ancho, siendo la zona central la de mayor calado y los iraníes no desean un cierre total, porque necesitan vender su petróleo a otros Estados con los que mantienen una relación favorable, así que deciden a quien atacan y a quien no. Pero por si no bastara el efecto amenaza de los drones, aseguran haber minado la parte central y que el tránsito por su costa es el único camino seguro, lo que permite que los buques que desean transitar sin sufrir ataques pasen cerca de su costa y así poder cobrarles un peaje. Por su puesto, esta acción es tan ilegal como no permitir el paso, pero a Irán el Derecho Internacional nunca le ha importado nada, y menos ahora que está en guerra.

No existe ninguna evidencia de que el Estrecho esté minado y es complicado que Irán pudiese haber desplegado minadores en la zona, supuestamente muy monitorizada por sus enemigos, aunque es cierto que para minar no es necesario emplear un buque de guerra. Además, la parte central es bastante profunda y solamente minas emergentes pueden ser eficaces allí. Las minas no discriminan buques por bandera ni armador, y cuando la guerra acaba, siguen en su sitio. Esto es un problema para todo el mundo, incluido el propio Irán.

Lo cierto es que nadie sabe si hay minas, ni siquiera EEUU porque tras varias semanas de ataques no se han preocupado de controlar el paso del Estrecho. Esto ha sido, sin duda, un enorme error estratégico incomprensible, puesto que estaba más que anunciado que esa iba a ser la estrategia de Irán.

Pero no es necesario que haya minas, ni tampoco buques de guerra en la zona, tampoco es importante que este supuesto bloqueo sea manifiestamente ilegal, porque el miedo impide que casi nadie se atreva a cruzar.  Y el miedo se ha convertido en el mejor aliado de Irán. Pasar el Estrecho y perder un barco y una carga no es un riesgo aceptable para países neutrales.

viernes, 19 de diciembre de 2025

 

LA PARADOJA DE LA DISUASIÓN

Si vis Pacem, parabellum, si quieres la paz, prepárate para la guerra. Esta frase recogida por el autor romano Flavio Vegecio resume el fundamento de la disuasión como mejor forma de evitar la guerra. En un mundo imperfecto, dirigido por seres humanos que no dudan en usar la fuerza para alcanzar sus propósitos; la única forma de evitar ser agredido no es el buenismo, ni el pensamiento Alicia, ni el miedo a las armas; es la demostración clara y manifiesta de que una posible agresión contra nosotros no tendrá éxito y saldrá cara a quien la intente.

Esta idea ha quedado demostrada muchas veces a lo largo de la historia, siendo la más evidente la misma Guerra Fría, donde el rearme masivo de ambos bloques, incluyendo las armas nucleares, proporcionó el periodo de paz más largo de la historia de Europa. La versión contraria, la de renunciar a las armas invirtiendo en “amor” y “paz”, demostrando buenas intenciones, suele conducir al abismo, salvo que se combine con la fuerza contenida.

Sin embargo, esta idea no es fácil de entender por el ciudadano medio, que suele entender que cuando se invierte en armas y en ejércitos es porque se busca la guerra. Y es que para disuadir no basta con rearmarse, hay que mostrar determinación a combatir, llegado el caso, y a asumir los enormes sacrificios de la guerra. Y esa es la gran paradoja de la disuasión, que para evitar la guerra hay que hacer lo mismo que para prepararse para ella.

Por otro lado, rearmarse es también escalar en el conflicto. Cuanto más se prepara uno para la guerra, más será visto como una amenaza por la otra parte. Por eso las reducciones de armamento se firman en acuerdos internacionales, como se hizo al terminar la Guerra Fría.

Europa necesita rearmarse, porque las grandes potencias como Rusia y China llevan décadas haciéndolo y además Rusia ha demostrado que su único límite para hacer la guerra es su probabilidad de éxito. También se están rearmando nuestros vecinos del Sur: tanto Marruecos como Argelia llevan años incrementando sustancialmente sus capacidades militares. EEUU es cada vez un aliado menos fiable y los europeos ya no podemos vivir aislados del mundo gracias a su protección. Llevamos demasiado tiempo descuidando nuestras Fuerzas Armadas y privándolas de los recursos que necesitan, por no hablar de vender la idea de que su función no es la guerra, sino las misiones de paz o humanitarias.

La época de la ilusión sobre un futuro en paz plasmada por Fukuyama en “El final de la historia” se ha desvanecido totalmente. Ojalá vuelva en un futuro, pero debemos estar preparados entretanto.

En España hemos pasado mucho tiempo alimentando la idea de que las guerras no van a volver, de que los ejércitos no sirven ya para eso y de que se deben gastar los recursos del Estado en ser felices. Lógicamente va a ser muy difícil ahora el hacer ver que el mundo no es un lugar seguro, que nuestra burbuja de cristal puede romperse y que tenemos que prepararnos para lo peor, especialmente si quienes tienen que hacerlo, llevan mucho tiempo diciendo lo contrario.

domingo, 25 de mayo de 2025

LOS EGOS DE LOS GENERALES Y SU PELIGRO EN GUERRA


 En su libro “Un puente lejano”, por cierto magistralmente llevado al cine por R. Attenborough, Cornelius Ryan critica el ego del mariscal Montgomery y sus celos profesiones de Patton, pese a que éste era solamente un general de división y Montgomery el comandante en jefe de todo el Cuerpo Expedicionario Británico. Montgomery, convertido en héroe nacional tras derrotar a Rommel en El Alamein (primera y única victoria de los británicos sobre los alemanes antes de la llegada de los norteamericanos), veía como su estrella se apagaba ante el creciente protagonismo de los aliados llegados del otro lado del Atlántico.

El ansioso deseo de Montgomery de alcanzar un éxito propio en una guerra en la que cada vez pintaba menos, le llevó a proponer a su superior Eisenhower la operación Market-Garden, una audaz maniobra de ocupación combinada de unidades paracaidistas y unidades blindadas, que facilitaría la entrada de los aliados en Alemania. La operación era muy audaz y excesivamente optimista.

El verdadero objetivo de Montgomery, autor del plan y director de su ejecución, era devolver a los británicos y a él mismo el protagonismo perdido en la guerra. La operación resultó en un completo desastre por la imposibilidad de hacerse con el último puente y en su intento los aliados tuvieron cerca de 18.000 bajas, en solo unos pocos días. Pese a todo Montgomery se negó a aceptar que aquello había sido un fracaso.

Similares criticas recibe el general norteamericano Wayne Clark quién dirigió el asalto anfibio en Salerno al mando del V Ejército Aliado y después dirigió sus fuerzas hacia el Norte contra la Línea Gustav defendida por los alemanes. La campaña aliada en Italia fue poco exitosa, excesivamente lenta, mucho desgaste, y sumió al país alpino en una guerra civil paralela a la que libraban alemanes y aliados. Según Murray y Millet en su obra “La guerra que había que ganar”, el ego de Clark complicó la ya de por sí poco exitosa operación.

En la ofensiva sobre Anzio y Cassino los aliados lograron, después de muchos meses de asedio, romper las líneas alemanas y proseguir el avance hacia el Norte, pero Clark, en lugar de perseguir a las unidades alemanas y lograr aislarlas, las dejó escapar y reagruparse mientras el corría a liberar a la ciudad de Roma, ya abandonada por los alemanes, para fotografiarse con toda la prensa internacional.

En la misma obra, el general Mac Arthur es definido más como un político que como un militar, y la fama debida por su promesa cumplida “Volveré”, al abandonar Manila a los japoneses, es considerada también como un error estratégico que costó muchas vidas a los norteamericanos. La liberación de las Filipinas se debió más a un intento de recuperar la figura del general que de cumplir con un objetivo estratégico, ya que Japón estaba ya muy aislado y las Filipinas costaban muchas bajas para el escaso beneficio que suponían en ese momento.

Los errores debido al ego de sus generales pasaron grave factura a los aliados, no tanto a los alemanes, que tenían menos problemas con esto, ya que el error de un general solía costarle el cese fulgurante, cuando no, otras medidas más severas. No obstante, la popularísima figura de Rommel también creó un ego que pudo ser la causa de decisiones equivocadas. Tras combatir a los británicos en Libia durante muchos meses con movimientos geniales y tácticas originales, Rommel logra la conquista de Tobruk y alcanza la frontera egipcia. Las órdenes recibidas por el mariscal alemán era reforzar a los italianos y mantener Libia fuera de las manos británicas, cosa que hizo con menos fuerzas que el enemigo y con problemas logísticos constantes, por los problemas existentes para garantizar sus líneas de suministros. Pero Rommel, siendo un genio en lo táctico, no entendía la estrategia y culpaba siempre a los intendentes de su escasez de recursos. Confiado en su estrella y con el orgullo crecido, Rommel ideó en su imaginación la idea de conquistar Egipto, cerrar el canal de Suez a los británicos y alcanzar Oriente Medio. El proyecto de Rommel era personal, no estaba dentro de la misión que se le había encomendado y el Alto Mando Alemán no contemplaba enviar fuerzas para algo tan ambicioso y además no podía garantizar sus líneas de abastecimiento con el Mar Mediterráneo patrullado constantemente por el enemigo. Rommel se encontró en El Alamein con un enemigo muy superior y bastante tuvo con poder retirarse sin haber sido completamente aniquilado. Rommel siempre echó la culpa a los logistas y no entendió el contexto estratégico en el que operaba.

Si los alemanes tenían menos problemas con el ego de sus generales, los soviéticos no tenían apenas ninguno. Los grandes generales rusos, Zhukov y Rokossovsky fueron vigilados de cerca por Stalin. Al primero, mando del Estado Mayor del Ejército durante la invasión alemana, se le cesó en dos ocasiones, el segundo pese a haber luchado con el Ejército rojo en la Guerra Civil y a demostrar buenas cualidades, se le deportó a un campo de Siberia del Gulag, donde fue torturado y casi pierde la vida en el marco de las purgas de Stalin de los años 30. Al invadir Alemania el país, Rokossovsky fue rápidamente rehabilitado y dirigió operaciones tan importantes como la ofensiva sobre Stalingrado, la defensa del sector Norte en Kursh y la Operación Bagration de la que fue el planeador. Al acabar la guerra Stalin lo mandó a Polonia.

Sin tener que recurrir a los métodos de los bolcheviques, cuando tomas una decisión al mando de tu unidad ¿Estás seguro que te guía el buen criterio o un ego descontrolado?

lunes, 3 de marzo de 2025

 

EL ELEFANTE TRUMP ENTRA EN LA CACHARRERÍA

La escena que se vio este sábado en el despacho oval de la Casa Blanca ha roto todos los esquemas de la escuela diplomática. Por muchas diferencias que haya entre los líderes mundiales o sus representantes, sus diferencias solo salen a la luz de manera sutil o refinada. En privado desconocemos como pueden decirse las cosas, pero en público los modales se mantienen para no crear más daño del estrictamente necesario y no cerrar los canales de la negociación. Pero con Trump es diferente, el lenguaje de la diplomacia no va con él, los modos del presidente norteamericano, seguramente más propios del mundo de los negocios del que él procede, se traducen en un estilo directo y sensibilidad cero. Probablemente porque a Trump no le preocupa nada su imagen internacional, solo su propia opinión pública. Bush hijo cometió un error similar, al ignorar que la opinión pública en Europa y en EEUU son vasos comunicantes, que los lazos entre Europa y América son mucho más estrechos, fuertes y duraderos que la política de un presidente concreto. Pero aún es pronto para que lo sucedido tenga efectos en la imagen del presidente de EEUU y el fondo, pese a todo, tiene más trascendencia que las formas.

Trump venía avisando al líder de Ucrania que no simpatiza ni con él ni con su causa y que lo que desea es recuperar el dinero que su antecesor invirtió en una guerra contra Rusia en la que él no cree. A las graves acusaciones contra Zelensky, ha añadido buenos gestos con Putin, sin duda argucias para meter presión al presidente ucraniano y a sus aliados europeos. Zelensky sabe que no puede ganar la guerra sin el apoyo de Occidente, especialmente el de EEUU, pero también sabe que los miles de compatriotas suyos que han muerto en la guerra lo han hecho defendiendo su patria, su tierra, sus familias. Zelensky en propia persona se jugó la vida cuando decidió quedarse en Kiev y llamar al país a la lucha cuando los tanques rusos estaban a poco más de un kilómetro de su búnker. A diferencia de Trump, Zelensky vive en guerra, por eso no viste traje sino vestimenta oscura o militar. Los ucranianos han luchado con valor durante tres años y no tienen intención de rendirse, que es lo que, en la práctica, le pide Trump que haga.

Para Trump todo se reduce a temas económicos. EEUU ha invertido mucho dinero en Ucrania y Trump no ve que vaya a recuperarlo, o no lo va a hacer mientras él sea presidente. Poco le importan los ucranianos ni los rusos, ni siquiera sus aliados europeos. Para Trump lo importante es ganar la guerra económica. Y solo entiende de números. Trump está además atrapado por una promesa electoral que como buen populista nunca debió hacer: acabar con la Guerra de Ucrania en dos días. La cuestión es que EEUU no está en guerra, están Rusia e Ucrania, y por tanto no depende de su voluntad, sino de la de los contendientes. Convencer a Rusia de que pare la guerra no es posible sin darle algo a cambio, en cambio a Ucrania es más fácil porque depende de los apoyos occidentales. Así de simple, sin importar la justicia, la razón ni los elementos morales de la decisión.

Zelensky no puede enfrentarse directamente a Trump porque sabe lo crucial que es para Ucrania la ayuda de EEUU, pero tampoco puede rendir su país después de la heroica resistencia hecha hasta ahora y del daño causado por el enemigo. No puede porque ni su conciencia ni los ucranianos se lo perdonarían. Esa es la parte que Trump no entiende. Zelensky no es un presidente que busque poder o riqueza personal, no es sobornable como pudo serlo Ghani en Afganistán. Zelensky es un líder de su pueblo que se ha jugado la vida contra un invasor. Trump no puede entender eso, es una perspectiva incompresible para un empresario que solo ve dólares. Cuando Trump prometió la paz no contaba con él, le subestimó y ahora trata de amedrentarle.

Mientras Trump presiona a Zelensky y a los europeos, éstos cierran filas con Ucrania. ¿Qué papel va a jugar Europa en este proceso? La ayuda europea a Ucrania ha sido tan importante como la de EEUU, aunque la industria de defensa del viejo continente no tiene las capacidades de los norteamericanos. Suplir el hueco que deja EEUU si Trump decide retirar la ayuda a Ucrania es, sin embargo, misión imposible en el medio plazo. ¿Aguantaría Ucrania la guerra en esas condiciones? ¿Estaría dispuesto a hacerlo en todo caso?

No tenemos la respuesta a estas preguntas, pero cualquier sí a una de ellas garantizaría un fracaso monumental de Trump. No solo no lograría la paz, sino que dañaría gravemente la relación con sus aliados y su prestigio internacional a cambio de nada. El riesgo es alto, pero Trump parece muy seguro de que los ucranianos, y los rusos, al final entrarán por el aro.

Por otro lado, el deterioro de las relaciones con Europa es parte de su estrategia comercial, donde Trump sigue viendo a Europa como un competidor estratégico.  Pero Europa es mucho más que eso. El constante reproche del presidente norteamericano de que EEUU se gasta un dineral en capacidades militares para defender un continente rico que tiene potencial económico de sobra para defenderse a sí mismo, es básicamente cierto. Sin embargo, esa es una verdad a medias, porque si bien es cierto que Europa ha vivido muy cómoda bajo el paraguas de los EEUU reduciendo su gasto militar y pudiendo dedicarlo a un gasto social mayor, no es menos cierto que esto ha supuesto beneficios indirectos muy notables para EEUU. Para empezar la posición de EEUU como líder del mundo libre, que ahora Trump desea abandonar, ha sido posible gracias al apoyo de los europeos en todos los ámbitos de la política exterior. Europa ha seguido, apoyado y defendido toda la estrategia global de seguridad de EEUU y ha aceptado todas sus decisiones, incluso las más desacertadas, como las tomadas sobre Afganistán. Es cierto que ha habido algunos desencuentros coyunturales, pero solo han sido eso, coyunturales y por poco tiempo. EEUU se ha beneficiado de ese liderazgo en otros continentes como garante de la libertad y también como socio comercial preferente, con clara ventaja sobre su socios y aliados por ser percibido como el líder indiscutible. ¿Sería la misma situación si una Europa unida tuviese las capacidades militares de EEUU? Evidentemente no. Europa habría discutido con los norteamericanos cada decisión de su política exterior, les habría obligado a negociar en posición de igualdad y se habría encontrado con diferencias y conflictos importantes.  En este contexto, tampoco en el resto del mundo sería percibida como la potencia de referencia, sino como un actor de peso en un mundo multipolar.

Pero hay otro elemento más importante aún que Trump parece empeñado en ignorar, obsesionado con los números y los dólares. La alianza entre Europa y EEUU es algo más que una opción. China, India, Rusia y las múltiples medianas potencias en Asia y África (vamos a dejar a Iberoamérica aparte) son naciones producto de culturas muy diferentes a la nuestra, con valores y principios que en muchos casos se oponen a nuestra forma de ver el mundo. Por supuesto, hay excepciones a esto, pero estas potencias siguen su propio camino y nosotros el nuestro. La hegemonía mundial de EEUU es también la de Occidente y viceversa. Los lazos que existen entre Europa y América son mucho más estrechos que los que se puedan establecer con China o India, al menos a día de hoy.  La inmensa mayoría de las democracias modernas y regímenes liberales del mundo son países occidentales, nuestros valores no son tan populares en otras zonas del mundo. EEUU había entendido esto desde el final de la II Guerra Mundial y por eso hizo del vínculo trasatlántico un principio básico de su política, primero como oposición al totalitarismo comunista durante la Guerra Fría, y después como líder del mundo libre frente a regímenes tiránicos. Por supuesto dentro de esta política ha habido aciertos y errores, decisiones que no encajaban dentro de ella, a veces incluso opuestas a ella, pero nunca se ha perdido como principio fundamental. Ahora, en cambio, Trump parece querer darle un giro, ignorando que, quizá, la primera perjudicada sea su propia nación. El America first podría en realidad ser America alone.

Y aquí surge de nuevo lo que mucha gente dice y piensa, especialmente en estos tiempos convulsos, que la política no se mueve por principios ni valores, sino solo por intereses, básicamente por intereses económicos.  Dios nos libre de un mundo así, y aunque los intereses están siempre detrás de las decisiones que se toman en política exterior, los principios existen, como mínimo como un límite. La Guerra Fría fue un conflicto de valores, un pulso entre dos formas de entender el mundo. Tras la caída del muro, algunos muy optimistas entendieron que la libertad había vencido y que las guerras terminarían pronto, como plasmó Fukuyama en “El final de la historia”. No fue así, pero sí se alcanzo un alto consenso internacional en la búsqueda de la paz y en el rechazo y aislamiento de los regímenes tiránicos. Desde 1991 los conflictos armados entre Estados han sido cada vez más raros y el número de víctimas no ha parado de reducirse, hasta aproximadamente una década, La mayoría de los conflictos armados eran internos y las intervenciones internacionales, aunque defendieran intereses nacionales de las grandes potencias, lo fueron con ánimo de evitar su extensión, con más o menos éxito, pero siempre con intención de evitar la escalada. Con el atentado del 11S en EEUU se pensó que los enemigos futuros no serían Estados, sino grupos terroristas o insurgentes. Con el yihadismo pasamos a buscar los conflictos en clave de choque de culturas o de valores de nuevo, como expresó Huntington en “The Clash of civilizations”. Ya no es popular Fukuyama ni Huntington porque, desgraciadamente, hemos vuelto a vivir la guerra convencional, una guerra entre Estados con enormes capacidades militares. Y cada vez se habla menos de culturas o valores, sino de meros intereses materiales.

Las acciones de Rusia contra sus vecinos para evitar su acercamiento a Occidente ha sido el primer paso antes de la invasión de Ucrania en 2022. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial una gran potencia ha invadido a un país vecino con el propósito de anexionárselo. Este hecho marca un punto de inflexión en el mundo tan importante como la caída del muro de Berlín. Volvemos a tiempos oscuros, hay un nuevo Hitler en Europa y estamos frente a una nueva conferencia de Munich. Quizá a muchos lectores les parezca que siempre ha habido guerras y que los tiempos oscuros nunca se fueron, pero les invito a que repasen la historia del mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial y verán todo lo que hemos avanzado y como hemos empezado a retroceder.

La Realpolitik es la forma de hacer política exterior teniendo en cuenta las posibilidades reales de alcanzar objetivos concretos, es una forma de ver con realismo las situaciones prescindiendo de los principios generales de la misma, de los valores y de los principios. En español se define como realismo político. Este término tuvo su origen en la estrategia diseñada por Kissinger y Nixon para establecer relaciones diplomáticas con la comunista China, en el momento en que ésta se encontraba en su peor momento de relaciones con la URSS. Gracias a esta política EEUU logró sacar a China del bloque soviético a cambio de un reconocimiento internacional. El realismo político existe desde siempre y es indispensable en la política exterior. La política exterior basada exclusivamente en principios y valores nos llevaría a un mundo de bloques irreconciliables y a mayor inestabilidad. No obstante, ninguna política exterior puede basarse solo en Realpolitik. Sin unos principios, sin unos límites, las potencias son actores imprevisibles que generan desconfianza y recelos. Las alianzas basadas en valores son sólidas, las alianzas basadas en intereses son volubles, como los intereses mismos.

 Y sí, los principios son importantes en política exterior, tan importantes como nosotros queramos que sean, al menos como las naciones democráticas queramos que sean. Podemos pensar que EEUU es igual que Rusia o que China, o incluso que ha provocado más guerras que los otros dos. También podemos ser más objetivos y pensar en cuantas guerras se han evitado y cuantas libertades ha sido protegidas. Podemos reflexionar sobre la vida que hacemos cada día y preguntarnos si esa vida es la que los rusos o chinos disfrutan en sus naciones. La democracia en Europa y en EEUU no es perfecta, no vive de hecho su mejor momento, pero nuestro sistema de libertades sigue siendo mucho mejor que el de los regímenes autoritarios que pueblan el mundo. En un mundo que solo se mide en intereses materiales, en recursos, en dinero; habrá mucha más inestabilidad, más conflictos, más violencia y menos libertad.

Ya sabemos como entiende el mundo el presidente Trump. También como lo entiende Putin. Los europeos tenemos que decidir como lo entendemos nosotros. Si Ucrania se rinde, Putin habrá ganado y se marcará un nuevo objetivo. No se trata de escalar el conflicto, no se trata de entrar en guerra contra Rusia, pero sí de no dejar caer a Ucrania. La estrategia de Trump hasta el momento parece responder al principio: maltrata a tus aliados y sé benévolo con tus enemigos. ¿Qué podría salir mal?

miércoles, 12 de febrero de 2025

 ¿PAZ NEGOCIADA EN UCRANIA?

Trascurridas las primeras cuarenta y ocho horas desde que el presidente Donald Trump fuese investido, la Guerra de Ucrania no se ha terminado, pese a que ésta fue su promesa durante la campaña electoral. Muchos pensarán que quién iba a creerse tal cosa, que nadie le votaría por eso, pero lo cierto es que cuando un candidato promete algo es porque alguien va a creérselo. Lo que dejó claro el fallido anuncio de Trump, es que el presidente de los EEUU es un abonado al populismo. Porque, recordemos, que la característica principal del populismo es hacer creer al ciudadano que las soluciones a los problemas complejos son sencillas pero que solo ellos están dispuestos a aplicarlas, y que el resto de dirigentes no solucionaron los problemas, no porque éstos sean complicados, sino porque no están dispuestos a aplicar las soluciones o no son capaces de llevarlas a cabo. Trump quiso dejar claro que hay guerra en Ucrania por culpa de Biden, de hecho, no ha dudado en afirmar que, con él en la presidencia, no habría sucedido tal desgracia. Seguramente, que, como con el anuncio de la paz en cuarenta y ocho horas, también habrá quien se lo compre.

¿No quiso Biden acabar con la guerra en Ucrania y Trump sí quiere? Pues, obviamente, la respuesta no es tan simple. Biden no quiso acabar con la guerra a cualquier precio, se comprometió con Ucrania por una cuestión de principios, también de intereses, y solo estaba dispuesto a buscar una paz en la que Rusia saliese derrotada. Trump tiene otra mentalidad, otra forma de ver el papel de EEUU en el mundo y eso incluye su postura sobre la Guerra de Ucrania. Para Trump, EEUU es una gigantesca empresa que debe ganar dinero y competir con el resto del mundo, y el presupuesto que EEUU se gasta en las guerras en el exterior es un despilfarro. La Guerra de Ucrania ha subido la deuda en el país y lo sufren los ciudadanos americanos. Sabemos que Trump piensa así, porque ya fue presidente antes. En su anterior mandato, abandonó la misión en Siria y después pactó con los talibanes la salida de Afganistán, manzana envenenada que se comió su sucesor después. Trump tampoco quiere involucrarse mucho en la defensa de Europa, y exige a sus aliados que gasten más en Defensa. Todos los presidentes anteriores han hecho esta reclamación antes, pero ninguno se la ha tomado demasiado en serio, excepto él. Trump es un aislacionista y un nacionalista, que solo tendrá como aliados los que le convengan en cada momento. No le gustan las guerras con armas, pero le encantan las guerras económicas. Alma de empresario, que como decía don Vito Corleone, piensa que la guerra es mala para los negocios. Aunque no es el tema de este artículo, personalmente creo que la política exterior de Trump es errónea, con independencia de los aspectos éticos de la misma. Lo creo, porque incluso desde un punto de vista empresarial, los aliados son imprescindibles en la actual posición de EEUU en el mundo. EEUU depende tanto de su comercio exterior, como otros dependen de él. Su imagen exterior es determinante para alcanzar muchos beneficios. Si EEUU abandona la posición de protector de la democracia en el mundo, muchos países dejarán de buscar su ayuda y, por tanto, dejarán de hacerle ofertas y tratos ventajosos. La hegemonía de EEUU en el mundo se sustenta en su poderosa influencia, y en ella también cuenta el hardpower, el poder militar.

Pero volvamos a Ucrania. ¿Qué puede hacer Trump que no haya podido o querido hacer su antecesor? ¿Cómo se puede lograr la paz en aquel país?

El primer problema que tiene Trump es que ha heredado una posición que no es precisamente de neutralidad. Para buscar una oferta negociada que pueda ser aceptada por las dos partes ésta tiene que partir de un mediador neutral, o venir impuesta bajo amenazas a uno de los contendientes. Si Trump abandona su posición de apoyo a Ucrania y se sitúa en un punto neutral, está dejando a Ucrania sin opciones en la mesa de negociación. Sin el apoyo de EEUU y Europa, Ucrania está condenada a la derrota, lo saben los ucranianos y lo saben los rusos. Por tanto, situarse en una posición de neutralidad equivale a traicionar a los ucranianos y pasarse al bando ruso, aunque sus demandas puedan ser más moderadas que las del Kremlin. Por el contrario, si Trump intenta negociar sin dejar de apoyar a Ucrania, los rusos no aceptarán sus ofertas a menos que Trump tenga más capacidad de coacción que su antecesor. Y ¿qué puede emplear Trump contra Rusia que no haya empleado ya Biden? Pues posiblemente nada, aunque el paso del tiempo, pueda acabar pareciendo que sí dispone de algo más. Derrotar militarmente a Rusia en el campo de batalla y recuperar los territorios conquistados parece misión imposible en el medio plazo. EEUU, por supuesto, puede proporcionar más material de guerra y más moderno, pero Trump iba a tener que explicarles a los norteamericanos como va a gastarse más dinero en una guerra que prometió acabar en dos días. También puede ralentizar una negociación y esperar que las sanciones económicas hagan su efecto, lo que no ha sucedido hasta ahora. Sin embargo, estos últimos meses algo está cambiando en Rusia. Por primera vez desde el comienzo de la guerra, la inflación está subiendo rápido y el rublo empieza a desplomarse. Las ventas de petróleo y gas ya no le generan tanto beneficio, el cierre del gasoducto que atraviesa Ucrania también le va a producir perdidas millonarias, mientras que muchos países de Europa ya han encontrado soluciones alternativas. Otros, como Moldavia, Eslovaquia o Hungría lo van a sufrir. Zelensky ya ha prometido ayudar a los moldavos, pero lo que le suceda a Eslovaquia o Hungría lo tendrán bien merecido desde que se han manifestado mucho más amigables con Moscú, pensará el líder ucraniano.

Pero ¿Qué es lo que realmente va a ofrecer Trump en esas conversaciones que ya han empezado entre bastidores? Trump ha querido filtrar varias de las concesiones que haría a Rusia y que claramente suponen un espaldarazo a Putin y una puñalada a Ucrania y a Europa. ¿Por qué ese cambio tan brusco en la postura de EEUU en el conflicto? Porque aparentemente es el camino más corto para lograr la paz a corto plazo. Los rusos no parece que estén dispuestos a retirarse de los territorios ocupados y probablemente intenten usar las negociaciones para separar a Ucrania de sus aliados. Y aquí es donde Putin juega con ventaja: para Trump es mucho más fácil presionar a Ucrania que a Rusia, ya que Ucrania depende de su ayuda y Rusia no. Si Trump quiere paz a cualquier precio, la gran perjudicada puede ser Ucrania. Pero Zelensky no aceptará la soberanía de los rusos sobre los territorios ocupados y menos aún que se acepté una tregua sin garantías que sirva a Rusia para rearmarse. Trump puede repetir el mismo error que cometió Putin: infravalorar a Zelensky. Para los ucranianos la guerra puede ser mejor que una paz vergonzante.

Por otro lado, está la posición de los europeos, o de la mayoría de las potencias europeas, por hablar en términos más precisos. Contrariamente a lo que he leído constantemente en las redes, la gran interesada en ayudar a Ucrania no ha sido EEUU ni el mundo anglosajón, sino Europa. Ahora está empezando a quedar demostrado. Los europeos son los que tienen la amenaza rusa cerca de sus fronteras, EEUU vino a ayudarnos porque la alianza con Europa siempre ha sido su mejor valor en política exterior. Pero para Trump cada vez parece más evidente que esto no es así. Europa debe defenderse sola. De hecho, Trump ha dejado claro que Europa debe ser quien dé las garantías de seguridad de que la paz en Ucrania sea respetada, es decir, de que Rusia no aproveche la paz para rearmarse y terminar de invadir a su vecino. Eso equivale a que sea Europa la que aporte las tropas de interposición que serían necesarias para vigilar una frontera entre los dos países, una frontera de miles de kilómetros con una potencia militar detrás de las mayores del mundo y con experiencia en combate. No es necesario decir que Europa no tiene capacidad para eso y que no estará dispuesta a asumir ese riesgo en solitario, a menos que se obligue a Rusia a llevar a cabo un plan de desarme, lo que no parece que esté sobre la mesa.

También Trump ha filtrado que es Europa la que debe sufrir el coste de la reconstrucción de Ucrania. Es decir, Ucrania y Europa han perdido la guerra y Rusia ha ganado. Rusia gana territorio, no sufre sanciones, no se desarma y no repara el daño.  No hace falta ser muy experto en política exterior y estrategia para adivinar que ni Ucrania ni las principales potencias europeas aceptarán este hipotético acuerdo.

Además, hay un principio básico que se rompe con una tregua negociada si no es impuesta bajo coacción. Ese principio es el del culpable de la guerra y del que se deriva otro determinante: el culpable de la guerra no puede beneficiarse de la paz. Para los europeos y norteamericanos y para el derecho internacional, Rusia ha cometido un crimen de lesa humanidad por agredir a un Estado vecino sin que pueda justificar una legítima defensa. Si con una paz negociada se prescinde de ese principio, no hay culpables y todo se queda en un arreglo parcial; cuando se produzca la próxima agresión bélica ¿Quién se va a atrever a condenarla? Y si se hace ¿Servirá de algo?

Imaginamos que Trump no comparte este principio y trata de imponer una paz negociada sin culpables. ¿Cómo van a recibirlo los ucranianos? ¿Cómo van a reaccionar otros vecinos de Rusia, que sí son además Estados miembros de la OTAN, como: Finlandia, Polonia, Noruega o Rumanía? El riesgo de que la alianza con los EEUU ya no es fiable es muy alto. Probablemente Trump sea desaconsejado en este sentido, pero la decisión le corresponde a él. La retirada de Afganistán fue consecuencia de un acuerdo entre EEUU y los talibanes que se le impuso al gobierno afgano al que ni siquiera se le dejo participar en las negociaciones. Y ese acuerdo lo ordenó Trump. La retirada dañó enormemente el prestigio de EEUU y empezó a ser considerado un aliado poco fiable. Europa no es Afganistán, pero no es seguro que Trump entienda eso. Si aquella retirada tan vergonzante no se hubiera producido, es muy posible que Putin no se habría atrevido a atacar Ucrania. No en vano, la creciente inseguridad que vive el mundo a nivel global se debe en gran parte al debilitamiento de los EEUU como superpotencia.

No va a ser fácil alcanzar la paz en Ucrania pese a los anuncios revolucionarios y populistas de Trump a los que estamos tan acostumbrados. Quizá lo que ha pretendido Trump es presionar a Zelensky y a los europeos para que sean generosos en la negociación, o quizá Trump está dispuesto a llegar a un acuerdo a cualquier precio, el tiempo lo dirá. En estos días vamos a escuchar y leer muchos mensajes equívocos, destinados a condicionar a las partes, muchas ofertas que no son tales y mucho juego de tahúres. Pero tengan bien presente que no hay recetas mágicas para una paz duradera, si la paz se impone sin convencimiento del vencido, y sin que éste haya sido completamente derrotado, provocará que éste trate de recuperarse de lo que considerará una injusticia. Así sucedió con Alemania después de la Gran Guerra y el tratado de Versalles, que llevó a Hitler al poder y al mundo a la Segunda Guerra Mundial. Si además el agresor se sale con la suya, repetirá la agresión, no les quepa duda. Si Trump juega a ser Chamberlain, quizá le aplaudan un día, pero la guerra puede ir a peor poco tiempo después. No sabemos que cartas van a mostrar realmente los americanos, los rusos y los ucranianos en esa negociación, pero lo que hay en juego es mucho más que Ucrania.